miércoles

Pepe toro

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Pasó que el vecino que se parecía a Pepe el toro fue el más listo del edificio. Entrenó mucho para poder ganar. Se le veía caminar del departamento al auto o a la tienda con un libro en la mano, estudiando. Algunos vecinos ya sabían lo que hacía y le decían al pasar junto a él, eres el mejor, venga campeón, chido one carnalito, así, cualquier cosa para motivarlo.
(sangría) Él tenía otras cosas de qué preocuparse: la esposa, los hijos, el trabajo; quería mucho a sus hijos y procuraba estar con ellos el más tiempo posible. Faltaban cinco días para el gran momento y él notaba cómo su esposa lo observaba, absorbido entre los libros, estudiando, memorizando, recitando: se recargaba con las dos manos en la pared y, meneando la cabeza, la apoyaba en la pared y la desprendía, cada vez más fuerte, pero todavía sin lastimarse, mientras repetía cualquier palabra: exégesis, exégesis, exégesis, explicación, exégesis, es una explicación, exégesis, explicación. Una tarde, él sabía que su mujer quería recordarle que tenía que recoger a la hija. Pasaron las horas y como no veía a su marido irse a bañar y vestirse fue a cuarto. Ella estaba acostumbrada a que el marido hiciera muchas cosas de las que convencionalmente a ella le correspondían. La siguió y vio que tomó el teléfono. Habló con alguien, seguramente una amiga, a quien le dijo: Ay, no seas así, por primera vez está haciendo algo con pasión, echándole tantas ganas que no sería justo interrumpirlo. Debo ir por mi hija. Sí, nos vemos el fin de semana o cuando todo esto acabe. Ajá, sí, claro, bueno, adiós, chulis. Y colgaron. Se fue a la sala y en el camino por el pasillo se pegaba en la cabeza con la palma de su mano mientras se repetía con los ojos cerrados, debo ganar, debo ganar.
(sangría) Se acercaba el día y algunos vecinos le daban una palmadita en la espalda. O alcanzaba a escuchar. ¿Es el señor que va a salir en la tele, papá? Le preguntó un niño a su abuelo cuando se lo encontraron en la banqueta a la entrada del edificio.
(sangría) Va a ser artista, le dijo una señora a su marido.
(sangría) Óbservó que su esposa estaba harta del cuidado de la casa y de los hijos. En un momento desgastante, en las prisas con la ropa, con el aseo, con la comida y con la oficina, su esposa le dijo, espero que todo esto valga la pena, ojalá y ganes. A veces la veía furibunda, a punto de maldecirlo. Él le hablaba a la imagen de su santo y le rogaba que intercediera con diosito para que le diera paciencia a su mujer, por lo menos hasta el día final del concurso. Y que ya si no ganara, él recibiría todo el castigo que le viniera por hacer enojar a su mujer y no atender a los hijos que tanto quería. Varias veces al día lo hacía. Le pareció que sí funcionaba porque su mujer lograba calmarse e incluso le preparaba comidas especiales, junto a las que le decía, es comida balanceada, amor, para que toda la energía se te vaya al cerebro. Además, en las noches lo esperaba con un masaje relajante. Algunas noches adelante, el masaje se convirtió en un encuentro sexual que pocas veces había sentido tan intenso y que a ella la dejara tan satisfecha.
(sangría) Cada noche era más intenso el encuentro y rejuveneció como diez años, aunque todavía era joven. Algunos otros vecinos que no se habían enterado de lo que sucedía, le pareció que sí se dieron cuenta de que algo pasaba, de que los veían más juntos, y que a ella se le veía contenta y radiante, no como antes que se había abandonado a la cotidianeidad, al pasar del tiempo, aburrida. Recordó también que él se veía como un hombre cabizbajo, resignado a estar encerrado en su jaula hogareña con esa gente durante muchos años hasta que los hijos se fueran y luego el resto de su vida junto a la mujer. Y de la nada se veían iluminados, caminaban con mayor soltura, la mujer se arreglaba de nuevo, él sonreía o estaba concentrado en algo que le daba aires de una solemnidad profunda; uno de estos otros vecinos, el menos arrogante o tímido o discreto se le acercó y le preguntó del porqué tan abrupto bienestar en su ser, formas que hacía relucir en su lenguaje por ser pianista e intelectual; ¿no sabes? Mañana voy a salir en la tele en un concurso de destreza, le dijo entusiasmado, pensaba que se enorgullecería, sabía que le interesaban los libros. Ah, mira, qué bien, mucha suerte, vecino, le contestó sorprendido y con una sonrisa amable.
(sangría) La noche anterior al día en concreto, estaba sumamente nervioso, asustado. Comenzó a creer que no valdría la pena ir, que lo sacarían en el primer episodio. Ay, mi amor, llevas meses preparándote, no seas tonto. Todo el edificio ya sabe, te van a ver, le dijo su mujer. Le asustó la manera en que se lo dijo y lo que le dijo, tan segura y confiada en él. Se llevó las manos a la cabeza, se metió los dedos entre el cabello, empezó a sentir como si le tomaran los intestinos del cerebro y le dieran vueltas como al niño cuando le hacen el juego del avioncito. Se paró de la cama, fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua, se atragantó, intentó con un vaso de leche, le dio asco, buscó algo verdaderamente tranquilizador, no había, no tenían alcohol en la casa. Se vistió rápido para salir y buscar algún bar. Conocía uno cerca de su casa al que nunca había entrado. Estaba semivacío. Se sentó en uno de los bancos frente a la fila de botellas. Miró cada una de los relucientes líquidos de diversos colores sin saber cuál pedir. Se dirigió al hombre de la barra consultándole qué podría tomar. ¿Cuál es su problema, amigo? Mañana voy a concursar en el programa “Las mil y un palabras” y necesito relajarme, le dijo mientras jugaba nervioso con sus manos tronándose los dedos continuamente. No me diga. Claro que sí, dijo el cantinero, tomó una botella con un líquido negro y le sirvió. Mire amigo, ésta es de la casa. Es un Frenet. No pudo saborear el trago, se lo tomó rápido y pidió otro. El trago nuevo se lo bebió con calma. Se quedó ahí sentado un rato y trató de poner su mente en blanco.
(sangría) Empezaba a llegar gente, se tomó otro, platicó con algunas personas que se sentaron a lado suyo, les preguntaba de sus vidas mientras se le diluía en el vaso sus preocupaciones. Se sintió mejor. Regresó a su casa, se acostó y se durmió como una sábana tendida en la arena de la playa arrullada por la brisa bajo las estrellas.
(sangría) A la mañana siguiente la esposa lo dejó dormir. Él abrió los ojos tranquilo y descansado. Miró el techo y de repente se acordó, su reloj indicaba poco más del mediodía. Se apresuró a bañarse, se vistió, le gritó a su esposa que no le contestó. Empezó a inquietarse, miró el calendario y se aseguró que era el día, sí, estaba señalado con círculo rojo. No vio las llaves del coche, sus hijos tampoco estaban. Había un plato de frutas y café con leche sobre la mesa de la cocina. Tomó la taza. Debía salir ya en ese momento. Le marcó a su mujer. Lo mandó a buzón. No supo qué hacer, se quedó sentado en el sillón de su sala con la taza en la mano. Se dio cuenta de que había olvidado gran parte de lo que había estudiado. Se sentía destrozado.
(sangría) Llegó la mujer sonriente y orgullosa con una bolsa de una tienda elegante y sacó de ella una camisa nueva que a él no le agradó. Póntela. Sí, ya sé, es tarde. Pus, apúrate, cámbiate. Le reclamó enojado por su descuido mientras se ponía la camisa nueva. Perdón, perdón, ya, es que hubo un choque aquí cerca y tuve que desviarme, pero todavía estamos a tiempo.
(sangría) Los niños estaban listos, esperaban en la puerta. Vieron cómo discutían sus padres y el mayor les gritó que ya se fueran. Se encaminaron al auto. ¡Duro, duro, sí se puede! Escuchó desde alguna ventana mientras se metían al auto. Pepe el toro sacó el puño por la ventanilla y lo agitaba. Ya en el panel del escenario televisivo, se le veía tranquilo, respondió bien a todas las preguntas y pasó a la siguiente etapa. Vio a su mujer feliz y a los niños orgullosísimos. Fue emocionante. La gente del público aplaudía y gritaba al final de cada buena respuesta porque no podían hacer ruido cuando los concursantes pensaban, sería trampa.
(sangría) Así pasaron como cinco etapas. Cada semana una. Se hacía más popular en el edificio, incluso trascendió sus paredes y otros vecinos a una cuadra de distancia lo felicitaban en la calle. Se acostumbró a ir al bar una noche antes del concurso. Conoció en el bar a una señora con la que quedó impresionado de las tantas arrugas que alguien pudiera tener en la cara, además de que a su edad estuviera sentada en la barra. Platicaba mucho con ella. Le hablaba de su trabajo, era lingüista y sabía mucho. Estaba jubilada, podía seguir investigando pero prefería no hacer nada, cuidar a sus gatos y vivir de los recuerdos. De vez en cuando ayudaba a algún joven prometedor en sus cavilaciones académicas. Era una guía. A él le gustaba escucharla porque le refrescaba la mente y le recordaba palabras, sucesos, países, eventos, etc. Justo lo que necesitaba para su concurso. Pero lo más importante fue que esa misma noche se encontró a su rival principal, una mujer que lo hacía sudar, iban empatados. Respondía con mayor seguridad y rapidez que él. Era la favorita. Se distrajo de lo que le contaba la señora por ver a la otra. Era una mujer guapa. Vio que dominaba la plática en su mesa llena de gente. En su mayoría hombres. No te preocupes demasiado, parece una de esas perras que tanto me hicieron reír en la universidad. Está demasiado segura de sí misma. Se va a traicionar. Olvídala. Por pensar en ella te me vas a desconcentrar y no queremos eso, ¿no? Sí, asentía intimidado por aquella figura perfecta. Lo tenía todo para ganar.
(sangría) Mira, tú debes concentrarte en ti. No en lo que te rodea. Puedes aprender un poco de ella que sólo se ve a sí misma, aunque ya miró para acá dos veces. No tengas miedo. Escúchame, te voy a distraer de esa bruja con esta historia: sentada en el escritorio de mi cubículo, tenía que concentrarme en mi estudio sobre la exégesis –él sonrió al escuchar la palabra, recordó que se le dificultó memorizarla-, de lo que quiere alcanzar cada individuo, algún invento, sistema político o económico, algo, lo que sea, o sea de lo utópico… –justo se distrajo por idealizar a su contrincante y no escuchó lo que dijo la maestra- …era mi hermenéutica, mi propia interpretación de cómo funcionaba el avance colectivo, para que la humanidad alcanzar la perfección. Lo publiqué hace años. Me gustaría regalarte mi libro.
(sangría) Sí, por favor. Qué honor, le dijo Pepe el toro que conocía las palabras que manejaba la maestra. La contrincante ya se había ido. Se había levantado de la mesa donde estaba. Vio cómo caminó altiva, majestuosa, cómo dio algunos pasos en dirección a la salida y bajó la velocidad mirando de soslayo a la barra dejando salir una sonrisa segura y que entrecerró los ojos confiadamente mientras miraba a Pepe, cuya reacción fue alzar la cabeza defendiéndose de la mirada tenaz y amenazadora.
(sangría) Se despidió de su amiga y fue directamente a estudiar un poco en las cosas que podrían frustrar su empresa.
(sangría) Llegó el día final del concurso. Un vecino le mandó un mensaje de texto: todo el edificio está viendo la tele, tí tranquilo, eh, vecinito, por favor. Su familia estaba entre el público. Su amiga del bar le dijo que estaría frente a la tele en su sitial enorme con sus gatos alrededor de ella mientras comía galletas con leche que siempre le compartía a sus gatos. Le parecía que estaban todos en la mira del histórico evento. Frente a Pepe el toro estaba la adversaria, con el semblante fuerte y dominante. Ya iban en las últimas preguntas y se notaba que crecía el favoritismo por Pepe. Todos lo miraban y él lo sabía, le sudaba la frente, hubo un momento en que alzó el brazo como reacción después de acertar en su respuesta dejando notar su axila empapada. En cambio, la rival seguía sin demostrar debilidad alguna, una torre bien cimentada que los vientos fuertes no le hacían temblar ni un milímetro, con esa mirada prolija que tanto le caía mal a la docente amiga de Pepe.
(sangría) Olía a locura en el podium, era la primera vez que el programa obtenía tanta recepción, era enorme el impacto, ver a estos dos personajes como rivales. Hubo frenesí cuando Pepe tenía la última palabra para ganar. Sólo le quedaba una respuesta para sentir el sabor de la gloria, la mirada derretida de su gente.
(sangría) ¿Cómo se le llama a un proyecto ideal vinculado con sistemas sociales casi perfectos o aparentemente inalcanzables? Pepe comenzó a palidecer, se tomaba las manos con fuerza, estrujándose los dedos, miraba el techo, se mordía los labios, miraba a su contrincante y se esmeró en encontrar la palabra que ya la tenía en la punta de la lengua. Se dejaba escuchar en el edificio y del departamento de su amiga gritos diciendo con todas las fuerzas: ¡utopía! Caían gotas gruesas de sudor por la frente y mejillas de Pepe el toro. Vio la imagen de san José, parado junto a su mujer llorando y que le miraba con una sonrisa enorme y amorosa. A sus hijos felices. No escuchaba los gritos que hacían tronar toda la ciudad como cuando cae un gol. ¡Utopía! Sonó el timbre desagradable que indica el final del tiempo. Ganó.

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