jueves

Pato cejón

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“Se solicita una rebelión. Él o los interesados, favor de llamar a este tel.: 04455 24369192. Contratación exigente. Pago maravilloso.”
(sangría) El anuncio se leía en un periódico tirado en el piso que servía para secar un charco de orines.
(sangría) -Otra vez alguien orinó fuera del hoyo. ¡Carajo! –Dijo Patricio tras bajarse la bragueta y pararse frente a un rincón que emitía un hedor vaporoso de ácido úrico.
(sangría) Su mirada se concentró en el periódico viejo, cuyo contenido le asustó un bostezo saliente entre las barbas crecidas.
(sangría) -No puede ser. Ahí está el estúpido anuncio de la pendeja que nos contrató. ¡Mira!
(sangría) -Sí, Patricio, ya lo vi. Déjame tranquila. No quiero saber más sobre eso.
(sangría) -¿No quieres saber más? ¿Entre estas cuatro paredes? ¿Con la peste de nuestros orines? Esa pendeja… -Patricio le reclamó a su hermana por su falta de interés. No terminó la última frase. Evitó que los demás le escucharan una voz quebrada que hubiera seguido de un llanto silencioso provocado por la profunda frustración. Era común su desplante de llanto, no era por su situación excepcional, ya cargaba un tiempo con sus exhalaciones depresivas, como lo llamaba una prima suya que estudiaba psicología.
(sangría) Laura y su hermano llegaron a ese encierro bajo la ilusión de lograr una libertad política en el país.
(sangría) Él era un tipo con pretensiones inocultables. Su mirada brillaba por escuchar palabras como “libertad” o “justicia” que le acariciaban los oídos. Laura estaba enamorada de él y lo seguía a donde fuera, incluso sin compartir sus ideas que le parecían ilusas. Veía a su hermano como un tipo errático, pero con sentimientos genuinos con los que se maravillaba. Él tenía el pensamiento fijo en cambiar las cosas. Ella, escéptica, pero fiel, siempre estaba a su lado.
(sangría) Cuando leyeron el anuncio, un mes antes, a Patricio pareció no importarle y Laura mencionó cualquier cosa mientras señalaba otro recuadro en la página siguiente, uno que pensó distraería a su hermano de cualquier brote de esperanza revolucionaria. Cuando le dieron la vuelta a la hoja, sin decir una palabra de la oferta misteriosa, ella suspiró de alivio.
(sangría) En la noche de aquel día, Laura estaba en la cocina, preparaba un emparedado y platicaba con Patricio, que estaba sentado en el retrete junto a la estufa de la cocina. Tenía que hablar en voz alta, tenían un extractor de olores colgado del techo justo arriba del inodoro, lo prendían cuando se sentaban y, como tenían con él varios años, el motor era escandaloso.
(sangría) Se callaron un momento. Ella volteó a verlo con cariño, Patricio miraba una fila de hormigas diminutas y exploradoras entre los azulejos de la pared. Siempre estaban ahí, a ellos no les molestaba su compañía; y a él pareció no darle importancia alguna al anuncio. En cambio, Laura no dejaba de pensar en ello y decidió hablar por teléfono para averiguar qué era. Quería darle una sorpresa a Patricio. Estaba próximo su cumpleaños y tuvo la gran idea de inscribirlo para la entrevista.
(sangría) Al día siguiente, marcó el número.
(sangría) -Buenos días, me gustaría inscribir a mi hermano para la entrevista.
(sangría) -Buenos días. ¿Señorita o señora?
(sangría) -Señorita.
(sangría) -Bien señorita, él debe hacerlo personalmente.
(sangría) -Pero, va a ser su cumpleaños en una semana y me gustaría darle la sorpresa. Él es un amante de los ideales. Quiere cambiar las cosas. Quiere que todos podamos hablar libremente de política, de la gente que dirige el estado, criticar, hacer una nación educada y libre, hacer la democracia más inteligente del mundo. Creo que él es justo lo que necesitan. Convencería a cualquier persona de apoyarlo. Sabe de tácticas psicológicas usadas en la guerra. Sabe de la historia política de la humanidad. Es leal a sus ideales.
(sangría) -Señorita, espéreme, no siga. Voy a preguntarle a la jefa.
(sangría) Se escuchó un grito, ¡señora Lourdes! Aquí hay una persona en el teléfono que quiere… Sí, dile que sí.
(sangría) -Señorita, fíjese…
(sangría) -Sí, ya escuché. Excelente. No sabe lo feliz que vamos a hacerlo con esta sorpresa.
(sangría) Laura apuntó los datos de la dirección y la lista de papeles que debía llevar a la inscripción de Patricio. Miró su guía roji y vio cómo llegar. Era al otro lado de la ciudad, en Bosques.
(sangría) Al día siguiente, a pocas horas de haber salido el sol, salió con su bolsa de mercado que tenía bordada una guadalupana con lentejuelas de colores y fue directo a la dirección de esta gente. Hizo una hora en llegar, no hubo mucho tráfico. Ya adentro, las paredes de la oficina funcionaban a la vez como unas ventanas que le parecieron prominentes, cuya transparencia dejaba ver un jardín enorme, lleno de arbustos floreados, árboles chaparros que evocaban tranquilidad y pavoreales erguidos que paseaban por el pasto bien podado. En la sala de espera había muchísimos personajes. La gran mayoría eran hombres, tanto jóvenes como viejos, y casi todos tenían boinas, periódicos en la mano, y alguno que otro, un libro; con pipas, lentes, barbas, otros de traje, e incluso entre uno y otro se les notaba el bulto de una pistola en la cintura. Las pocas mujeres que habían eran jóvenes, algunas eran guapas, con una mirada decidida, amable y con la retina desbordante de una húmeda justicia.
(sangría) Se sentó en una de las sillas acojinadas. El piso estaba alfombrado. Se quitó los zapatos y subió un pie a la rodilla para masajearlo. Tuvo que caminar un trecho largo, forrado con grava y enmarcado por maples jóvenes. Debió dejar el auto en la entrada de un terreno grande. Llevaba falda y al estar con el pie sobre la rodilla, se podía ver, desde el otro extremo de la sala, el contorno de sus muslos.
(sangría) Uno de los hombres, sentado enfrente, le miraba las piernas cada vez que bajaba su periódico que disimulaba leer. Había otro hombre, flaco y alto, vestido con ropas extrañas, acompañado de un gordito simpático que seguía una mosca mientras intentaba matarla con las palmas de sus manos, pero fallaba en cada intento. El flaco y alto, que mantenía un semblante serio y de importancia majestuosa, le dio un zape y el otro se tranquilizó. Laura no podía dejar de verlos mientras se masajeaba el pie. En eso notó al del periódico cómo seguía con su espionaje entre sus piernas. Vio levantarse de su asiento al personaje de figura delgada y acercársele al hombre del periódico para decirle algo al oído. El espía de piernas bajó el periódico, se ruborizó, luego empalideció y terminó por cambiarse de asiento muy lejos de ellos. El héroe le guiñó un ojo e inclinó con respeto su sombrero negro. Laura le sonrió en agradecimiento y siguió con el masaje en su pie.
(sangría) Después de varias horas escuchó su nombre. Entregó todos los requerimientos que sacó de la bolsa del mercado. La sentaron en un escritorio frente a un hombre joven, vestido con un traje caro. Ella le sonrió, pero el otro se mantuvo serio, frío. Pasó por ahí la que había escuchado nombrar al otro lado del teléfono, la señora Lourdes y, por arte de magia, el hombre sonrió de buen humor.
(sangría) -Mire señora, aquí está la hermana que le quiere dar la sorpresa a su hermano.
(sangría) -Ah, sí, cómo no. Mucho gusto. Señorita, ¿verdad?
(sangría) -Sí, mucho gusto, señora. Me llamo Laura Jiménez.
(sangría) -Me puedes llamar Lurdes, sin la “ou”. Y, ¿cómo te han tratado mis muchachos, Laura? Sí puedo hablarte de tú, ¿no?
(sangría) -Sí, claro. Y bien, bueno, no he tenido mucho contacto con ellos, pero de lo poco, en general, amables. Oye, debo confesar que no creo en estas cosas que están tratando de hacer, pero, en el fondo, siento alegría de que alguien con tanto dinero esté preocupado por la situación en el país y convoque líderes para cambiar las cosas.
(sangría) -Ay, gracias, qué linda y amable. Eres muy agradable. Tienes una sonrisa segura y suave a la vez. Tu hermano ha de ser todo un hombre. Espero que no sea como esos copiones de los revolucionarios pasados de moda que están en la sala.
(sangría) -No, claro que no. Mi hermano podría ser actor de Hollywood. Tiene porte, ingenio, estilo propio y es todo un hombre de estrategia. Incluso ha hecho varios intentos para destituir al grupo de gente que está en el poder. Casi lo logró en el noventa y siete.
(sangría) -¡Qué! No me digas que tu hermano es el gran Patricio Jiménez, alias el Pato cejón.
(sangría) -Ese mismo, Lurdes.
(sangría) -Laura, sería un honor comer con ustedes para platicar con nuestro próximo estandarte nacional. ¿Tú crees que él quiera encontrarse conmigo?
(sangría) -Pero, por supuesto que sí.
(sangría) Terminó con el trámite, se pusieron de acuerdo para la comida y Laura salió del lugar con la cabeza en alto, orgullosa de su hermano, contenta de que alguien como la señora Lurdes lo reconozca con tanto respeto.
(sangría) Le platicó todo a Pato. Cada detalle. Su hermano dudó un instante, le dijo que era extraño tanto lujo, los hombres trajeados... Pero le ganó la excitación por saberse nombrar como estandarte nacional. Aceptó.
(sangría) Comieron en el restaurante “El lago”, frente a un lago artificial rodeado de bosque, debajo de un castillo, habitado hace siglo y medio por el emperador Maximiliano y que ingresó a la triste y cómica historia de la nación. Laura vio cómo Lurdes notó la mirada reprobatoria de Pato por estar en ese lugar con tal representación histórica, y le dijo que era como una pantalla, para disimular. Jamás sospecharían de ellos al estar en ese restaurante. De pronto, vieron entrar al secretario de gobernación, y Laura, de inmediato, se fijó en los ojos enrojecidos, furibundos, de su hermano. Le puso una mano en la pierna para tranquilizarlo y, por fortuna, logró controlarse.
(sangría) -No puedo esperar al día de la insurgencia.
(sangría) -Calma, esto no es de un día para otro –Lurdes le dijo suavemente.
(sangría) Hablaron de muchas cosas personales, así como también se explicó el plan y se acordó la fecha y el lugar del cuartel general donde se reunirían todos los integrantes del movimiento. Dejaron los platos vacíos a excepción de Pato que se veía concentrado en el futuro. Salieron del restaurante y caminaron por la orilla del lago para hacer digestión mientras se ocultaba el sol.
(sangría) Llegaron a la cita el día acordado a una casa abandonada a las afueras de la ciudad, cerca de Texcoco, Laura, Patricio y unas doce personas más. Todos acudieron justo a la hora indicada. Uno de los hombres llegó en mula y vestido con una armadura medieval, venía acompañado de un gordito que parecía campesino. Laura lo recordó, era el mismo que conoció en la oficina, casi se le sale una risita al verlo refugiado en el metal. Le pareció que lo conocía de hacía mucho, se le hizo extraño, no supo de dónde.
(sangría) Estaban reunidos en lo que alguna vez fue la sala de esa casa y vieron entrar a un hombre trajeado. Los hizo pasar al cuartel. Bajaron por unas escaleras profundas a lo que parecía el sótano. Llegaron a un cuarto con una mesa rodeada con quince sillas. Cada uno tomó asiento. El caballero de la figura delgada le dijo al gordito que no podía sentarse, que era una mesa para héroes valientes. Discutieron un momento y el héroe de armadura azotó su mano enguantada sobre la mesa. Al final, el gordito lo convenció y se sentó junto a él.
(sangría) El hombre trajeado salió del cuarto y los encerró. En eso se escuchó como si hubiera una fuga de gas. Uno de ellos se dio cuenta de lo que pasaba y se levantó a abrir la puerta. Estaba con llave. Trató de derribarla, al mismo tiempo que los demás intentaron ayudarle, pero el gas hacía su efecto y pronto quedaron dormidos.
(sangría) Todos despertaron dentro de un evidente encarcelamiento. Era una celda con un hoyo en el rincón. Pato maldijo al mundo, Laura lo abrazó y el caballero vociferaba sobre un encantamiento hecho por un mago árabe.

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